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El Internet de las Cosas es un término de relativa nueva creación, que lleva entre nosotros poco tiempo pero ha calado muy hondo en el desarrollo futuro de las empresas y cobrará especial importancia durante los próximos años, especialmente considerando el empeño que han puesto grandes corporaciones en su desarrollo.

Hace unos días saltaba la noticia de que Microsoft se había aliado con un consorcio de empresas tecnológicas para financiar proyectos sobre el Internet de las Cosas. Se trata de un trabajo aún en pañales, pero sienta las bases de investigación y desarrollo que todo sector necesita en sus comienzos. Otras compañías también han mostrado su interés hacia este tipo de implementaciones, y no será extraño que durante los próximos meses o años los productos o servicios relacionados con este concepto aparezcan de forma multitudinaria.
Básicamente, el Internet de las Cosas se refiere al conjunto de interconexiones que permite que todos nuestros dispositivos (por muy tradicionales que sean) puedan estar comunicados entre sí, proveyendo información actualizada de su estado de manera remota en cualquier lugar del mundo. Por poner ejemplos, la integración de neveras inteligentes con detectores de productos en su interior que permitan conocer que alimentos conservamos en cada momento es un caso clásico de este razonamiento. Existen, como pueden imaginar, infinidad de posibilidades con este tipo de servicios, puesto que los elementos que ya disponemos en nuestra casa y oficina pueden ser susceptibles de entrar a formar parte del Internet de las Cosas.

Sin duda es el futuro en cuanto a comunicaciones e integración del entorno, pero en este post nos centraremos en versar sus ventajas para los usuarios profesionales y dueños de pequeñas y medianas empresas.

En primer lugar, es evidente que, como cualquier novedad empresarial, es necesario incurrir en una pequeña inversión para adaptarnos a este nuevo tipo de tecnología. Supone un pequeño esfuerzo, pero como veremos a continuación, los beneficios superan con creces estos costes. Los primeros recursos que deben ser automatizados y controlados en una empresa son los de agua, electricidad y gas. Con controladores integrados e inalámbricos podemos gestionar una compleja red de dispositivos eléctricos, y no sólo administrar su uso eficiente a lo largo de la jornada laboral, sino recibir estadísticas actualizadas que nos permitan tomar medidas ante determinados comportamientos de consumo. Todo el sistema recibe la ventaja adicional de poder ser gestionado mediante un dispositivo tan pequeño como un smartphone y de manera remota en cualquier lugar del mundo.

Independientemente de la naturaleza de los dispositivos en nuestro negocio, podemos invertir para administrar esos recursos y estudiar de manera sencilla un aumento en su eficiencia y rendimiento. Para organismos empresariales, con multitud de personal y material de trabajo, resulta especialmente interesante poder controlar todos estos datos para no generar sobrecostes innecesarios y aumentar beneficios.

Por supuesto, en la actualidad todo este concepto integrador se encuentra en fase beta y presenta numerosas dificultades, entre las cuáles destaca la falta de estandarización en un campo donde cada fabricante desarrolla sus propios modelos de controladores, incompatibles con el resto, y que hacen virtualmente imposible el control de manera unificada de todos los dispositivos disponibles. Pero sin duda, y viendo el empeño que gigantes tecnológicos están poniendo, esta situación pronto empezará a cambiar.

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